jueves, 1 de enero de 2009

La balada del noroeste 2






Por Jorge Javier Romero

Al otro lado del Mar de Cortés está, pacífica, La Paz. Llegar ahí implica, de nuevo, encontrar las taras del país. La Terminal del trasbordador en Topolobampo es un martirio para los viajeros. El sistema de documentación del equipaje se basa en la información de oídas y los pasajeros tiene que especular sobre en qué momento se podrán deshacer de sus maletas. Muchos optan por hacer cola frente al furgón de recogida sin que nadie les diga nada más que “ahí esperen”, a la intemperie, con frío.
El barco, en cambio, está limpio y confortable, y sus sistemas de embarque y desembarque son razonablemente eficientes, aunque tampoco brinden toda la información necesaria de manera clara. A la llegada, en cambio, el país se muestra en su cara estatal: arbitraria, mal organizada, en cierto sentido ridícula.
En el puerto de Pichilingue está el ejército. Su función es evidentemente disuasoria. Una auténtica frontera interna que suena a inconstitucional. Es el eco de la guerra en una ciudad donde no se habla de narcos ni se vive el clima de inmersión cotidiana en el tema de Sinaloa. A un lado se construye un puesto de revisión de documentación al estilo migración gringa, con sistema de identificación de huellas y demás parafernalia policíaca y de inteligencia. La copia de fachada del vecino que ha impuesto una guerra a partir de un error de diseño de su política contra las drogas.
Y por la ciudad, de pronto se encuentra a los soldados, que hacen vida cotidiana de ocupación silenciosa, marginal. El pelotón que rodea al puesto de gorditas o al de tacos de mariscos.
La entrada a La Paz por carretera desde el desembarco muestra cambios enormes en los últimos cinco años, desde la última vez que estuve aquí. La inversión turística se ha desatado y el cambio de fisonomía se acelera. El paisaje de grandes cactáceas está desapareciendo. En su lugar, los edificios de hoteles y fraccionamientos, de parques acuáticos y playas con servicios se ha multiplicado. Depredación en nombre del desarrollo. Y por ahí, la tendencia de la política turística mexicana de permitir la privatización del paisaje, de apropiarse de las playas, de construir sobre ellas. No se ha aprendido la lección de Cancún, que se ha quedado sin playas por las construcciones que rompieron los ciclos de los sistemas de dunas. De nuevo, a construir en la ribera misma, a deforestar.
Enfrente, El Mogote; una lengua de arena que cierra la bahía, en la que se ven las sombras de los edificios en construcción, siniestros esqueletos grises que se yerguen tras la bruma. Desarrollo vertical, de gran impacto, en una zona de gran diversidad biológica: el anuncio del desastre seguro. La idea de un turismo menos industrial no llama la atención. Todo camina al modelo pomposamente llamado “La Ribera Maya”, de derrama. Nada de una concepción más moderna, de menor impacto ambiental, al estilo Costa Rica. La apuesta es al gasto conspicuo de los dueños californianos de yates que compren condominios.
El malecón de la ciudad ha embellecido notablemente a La Paz. Sin embargo, se echa de menos una pista para bicicletas como la del malecón de Campeche, o un carril para trotadores. En el paseo, incluso, está prohibida la circulación de ciclistas. Sólo caminantes en el diseño, aunque desde luego se ha convertido en una estupenda ruta para ejercitarse por las mañanas o al atardecer.
La Paz parece un estupendo lugar para vivir. Podría tener una gran calidad de vida. Una familia de universitarios puede vivir es una estupenda casa, con alberca y vista al mar, aunque sea en lontananza. Los servicios no son malos; el comercio tradicional está siendo suplantado por las grandes superficies, aunque todavía no pueden presumir de un mall como el de Los Mochis, tan atentos en Sinaloa al american way o life. Los sudcalifornianos no parecen, a primera vista, tan preocupados por la modernidad. Hay en esta ciudad algo más de pausa provinciana. Sin duda, menos necesidad de ostentación. Mucho menos camionetas gigantes con la caja de carga vacía.
Y una diferencia abismal. Nada del ruido permanente ⎯de la música en competencia⎯ ubicuo en Los Mochis. La Paz es una ciudad de murmullos de pescadores, de cara al mar, con tradición de puerto. Su vecina de enfrente, en cambio, mira a la tierra, a la agricultura y a la ganadería. Mira también a la sierra que ahí desemboca. Su música es alemana, de banda de vientos y acordeones, estridente.
La Paz es ciudad de inmigración, aunque existan familias de larga data en estas tierras. Cosmopolita como puerto, tiene restaurantes chinos, italianos, japoneses, franceses. Con el desarrollo turístico han llegado los bares de vino y proliferan los cafés. Los tacos de raya de siempre conviven con la llegada de las gorditas de chicharrón del centro del país adoptadas con entusiasmo por los locales.
Pero como en el resto del país, la calidad de vida se empantana. El desarrollo urbano que se sale de control en los márgenes por la presión de la pobreza. La escasez de agua en el clima desértico de la península, la falta de infraestructura para enfrentar los ciclones. Y, sobre todo, la mala calidad de la enseñanza, el omnipresente fraude educativo que realizan en México tanto las escuelas públicas como las privadas. La simulación que hace que las escuelas supuestamente laicas utilicen textos católicos, los profesores sin calificación alguna para enseñar. De nuevo, el país de mentiras del que hablaba Paz en 1943, también aquí, en esta pacífica bahía del golfo de Cortés.