
Por Jorge Javier Romero
Los Mochis es una ciudad del Norte de Sinaloa con unos cuatrocientos mil habitantes. En su origen fue un proyecto del socialismo utópico de Albert Kimsey Owen, empeñado en la construcción de un ferrocarril que uniera el Pacífico con el centro de los Estados Unidos a través de la sierra de Chihuahua y de ahí a Nueva York por la ruta más corta posible. De esa época queda poco más que una casa. Después vino el ingenio azucarero, a principios del siglo XX, y su auge como punto de producción de alcohol durante los años de la prohibición en los Estados Unidos. Hoy es un centro de comercio agrícola con un puerto respetable especializado en el transporte de granos.
En Los Mochis sólo se escuchan los ecos de la violencia que atenaza a otras ciudades del estado de Sinaloa. Las historias de los muertos en Culiacán, del los horrores de la guerra, son tema de conversación, pero aquí no se vive el sobresalto que, en cambio, he notado en sitios como Reynosa, donde el año pasado las navidades fueron realmente rojas. Esta es una ciudad pacífica, donde aún no se notan los estragos de la crisis y se siente un clima de prosperidad. Pero la percepción repetida es que algo se está haciendo muy mal en la política que ha dejado tantas muertes.
Don Carlos, viejo agricultor curtido, que ha visto de todo en la sierra de Sinaloa, lo dice con claridad: Calderón se equivocó. No abunda más, pero entiende, desde su experiencia, que esta política de drogas basada en la guerra sin cuartel no va a dar buenos resultados. Lo entiende perfectamente: es un asunto de mercado, de oferta y demanda y las soluciones policíacas generan muchos más males de los que intentan eliminar.
Llega la noticia de los soldados decapitados en Guerrero y es recibida con horror. Los soldados francos secuestrados torturados y asesinados en un atentado terrorista tan impactante como las bombas en Morelia para las fiestas de septiembre. Ahora, el regalo de Navidad para el ejército y el presidente. Y todo en nombre de una política equivocada, de una estrategia ineficaz para cumplir con los objetivos que se pretenden. Eso sí, muy provechosa para los productores de armas y para los delincuentes que si bien invierten vidas, tienen como recompensa ganancias ingentes.
Luego, la noticia con elementos chuscos de la señorita Sinaloa que dijo en su casa que iba a una posada pero no dijo con quienes. Sus malas compañías la llevaron a la cárcel, pues el seductor y sus amigos traían dieciocho mil dólares y un pequeño arsenal. ¿A qué se dedicarían los muchachos? Eso habla de cómo la política gubernamental no es disuasoria; al contrario, se ha generado cierto halo de aventura en una sociedad que se descompone ante un Estado que demuestra por todos lados su ineficacia.
Mientras, la vida cotidiana transcurre en Los Mochis en estos días de fiestas. Ciudad de amplias calles pavimentadas con concreto hidráulico, de plazas comerciales nuevas, de camionetas de carga usadas como símbolo de estatus, tiene muchos de los defectos del desarrollo mexicano. El patrimonio cultural arrasado, empezando por las viejas casas de la colonia utópica, conocida como la americana, hoy suplantadas por desarrollos inmobiliarios absurdos, como una torre de 17 pisos que presume su vista del hermoso farallón del Mar de Cortés, a punto de convertirse en un elefante blanco pues ofrece departamentos a precios millonarios en una ciudad con espacio para construir en una planta grandes casas mucho más adecuadas al clima del lugar, donde el 23 de diciembre la temperatura puede llegar casi a los treinta grados, aunque por la noche refresque.
Tampoco es una ciudad amigable con los peatones. Ni un solo paso marcado en las avenidas sin semáforos donde el primero que llega pasa. Nada de promoción de otras formas de transporte, como la bicicleta. Sólo grandes avenidas para que circulen las trocas, símbolos de poder imaginario. Y, por supuesto, también aquí el espacio público es espacio de conquista, no de convivencia, a pesar de la gente tranquila, alegre, trabajadora que desmiente el tópico del sinaloense violento, de mecha corta y dado a la violación de la ley a la menor provocación.
En Los Mochis la comida es siempre celebración. Mariscos de primera, carne insuperable, ofrecidos por las calles con aromas de asado en cada cuadra. El Golfo de California a un paso, con sus aguas frías con una riqueza biológica extraordinaria pero amenazada por la depredación y la contaminación.
Rodeada por la guerra, la ciudad se mantiene como un oasis de tranquilidad que, sin embargo, recuerda a cada paso que estamos en México: un país donde el Estado es tan débil que la gente vive con altas dosis de incertidumbre, donde salir de vacaciones implica arriesgar el patrimonio, porque la impunidad protege a los delincuentes; donde la ineficacia hace tanto daño como la corrupción y el crimen.
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