jueves, 9 de octubre de 2008

El rapapolvo al PRD






Por Jorge Javier Romero





Ya se volvió un tópico en los últimos días hablar de la gran derrota del PRD en Guerrero. En la televisión y la radio muchos comentaristas festinan el hecho sin advertir que la descomposición de la mayor fuerza de la izquierda mexicana no es una buena noticia para la democracia mexicana y su futuro de pluralidad y representación amplia de la diversidad del país.
Las causas de la derrota sí han sido ampliamente comentadas: el conflicto interno, la opción de salida de los grupos cercanos a López Obrador, que optaron por encauzar a sus candidatos por Convergencia o el PT; la desastrosa alcaldía de Félix Salgado Macedonio, de quien lo último que se recuerda es su cara de pánico cuando vio que la violencia era de verdad y que lo rozaba ⎯entonces hizo una declaración memorable, donde confesaba que el asunto de gobernar era más difícil de lo que se había imaginado⎯; desde entonces nunca se volvió a oír de alguna de las bravuconadas y borracheras acostumbradas en sus tiempos de senador.
Pero las consecuencias han sido mucho menos analizadas. La quiebra del PRD, que puede ser contundente en la elección federal próxima, puede que facilite los acuerdos políticos, en la medida en la que la capacidad de veto de ese partido se disuelva, pero no va a contribuir a una mejora en la calidad de la democracia mexicana y en sus efectos distributivos. Por el contrario, va a representar un nuevo estrechamiento de la poliarquía limitada a la que accedió el país en 1996 precisamente gracias a la inclusión del PRD en el pacto institucional.
No faltará quien diga que la profunda crisis en la que quedó inmersa la izquierda mexicana se debe a las bajas maniobras de sus adversarios protectores de intereses que les hicieron fraude electoral de 2006 y los siguen sometiendo a complots maléficos; lo cierto es, sin embargo, que ha sido la propia falta de construcción de un proyecto político coherente, de un programa claro y, sobre todo, de una estrategia adecuada, la que ha deteriorado el papel del PRD en la política nacional.
Además, el problema originario del PRD radica en su propia construcción institucional, en el sistema interno de reglas del juego para procesar la diversidad de los integrantes de la organización. En sus primeros tiempos su punto de cohesión fue el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, que no evitó nunca la recurrencia del conflicto por el control del partido, del cual la última elección de dirigencia no ha sido más que un nuevo capítulo. Después de una breve transición, el nuevo liderazgo personalizado lo tejió López Obrador. En ambos casos, la fuerza del caudillo y su habilidad personal para mantener los equilibrios sustituyó a las reglas formales para dirimir los conflictos. Caudillos en lugar de instituciones, como ha sido frecuente en la Historia de México.
Y, por supuesto, la trampa como mecanismo de control. El más hábil para fabricar elecciones a modo es el que se queda con la dirección, aunque ya van al menos dos veces que han empatado en mañas y la elección interna ha fracasado. El PRD es frágil porque su forma de hacer política, de carácter tradicional, basada en el clientelismo y el acarreo, no sólo es una forma de manipulación poco ética de la gente, con mucho de dominación, sino que es cara, requiere de resultados distributivos permanentes y es volátil. Es, para decirlo en otros términos, poco eficiente para las condiciones de competencia de una democracia.
El debilitamiento del PRD no es un buen dato tampoco para la estabilidad del arreglo político mexicano. En la media que el partido de la izquierda pierda capacidad de representación y sea menos efectivo para llevar a cargos a su personal político, vamos a ver un recrudecimiento de la movilización y la protesta política de carácter no electoral.
Se trata, sobre todo, de un gran fracaso de la llamada transición mexicana a la democracia, que arrancó precisamente con un primer intento de inclusión de la izquierda más definida ⎯entonces el Partido Comunista Mexicano⎯ a la competencia en 1977 y tuvo su puerto de llegada con la reforma de 1996 a la institucionalidad electoral para darle garantías precisamente al PRD. De hecho, aquel arreglo llegó a sus límites con la elección de 2006 y ahora estamos ante su proceso de descomposición.
Un posible resultado poco deseable de la debacle perredista sería un período relativamente prolongado de bipartidismo entre el PRI y el PAN. Un arreglo oligárquico de turno en el que se construyera una nueva ficción política de apariencia democrática sin auténtica pluralidad. El PRI se está preparando para ello con sus nuevos ropajes socialdemócratas, con los que quiere cubrir sus andrajos de vieja maquinaria de articulación corporativa y clientelista, con mucho de pacto mafioso. El PAN se sentiría menos inseguro sin tener que enfrentar a los revoltosos que movilizan muchedumbres descontentas. Ambos partidos han soñado con una solución de este tipo desde hace años. La ineptitud de los perredistas está a punto de cumplirles el deseo.
Mientras, la sociedad mexicana seguirá insatisfecha con los resultados de un Estado mal organizado y poco eficaz, que no cumple ni con sus funciones básicas, mucho menos con las de brindar bienestar y desarrollo humano a su población.

1 comentarios:

Canalla dijo...

Me temo que no sólo -ni principalmente- porque el PRD y la “izquierda” en general pierdan capacidad de representación (efectividad) “para llevar a cargos a su personal político” se recrudecerán la movilización y protesta no electorales. Ojalá así fuera, porque sólo sería un síntoma del malestar de un segmento de la “nueva” clase política relegada del pastel.
En mi pobre opinión, la descomposición del sistema político mexicano ahora sí es una realidad “real”, diría Slavoj Zizek, y si el rompimiento del pacto social está a la vuelta de la esquina como algunos sospechamos, el problema del PRD será el de un partido sin espacio para la ética –esa vieja vituperada-, pero el problema de la izquierda en su conjunto será una verdadera encrucijada. Saludos.