lunes, 11 de agosto de 2008

A propósito de la conferencia mundial sobre VIH


El VIH y las drogas

Por Jorge Javier Romero





La Conferencia Mundial sobre el VIH y el SIDA que se está celebrando en México bajo los auspicios de la ONU es una nueva oportunidad para reflexionar sobre la errada política respecto a las drogas seguida en la mayor parte de los países del mundo por influencia y presión de los Estados Unidos.
En muchos casos, la transmisión del VIH está vinculada a la utilización de drogas, tanto legales como ilegales. El alcohol, por ejemplo, droga permitida y promovida en Occidente, tiene un efecto desinhibidor de las conductas sexuales que puede contribuir a las prácticas sexuales de riesgo, incluso en mayor medida, por la amplitud de su consumo, que otras drogas ilegales como el MDMA o la mariguana. Las personas alcoholizadas pueden bajar la guardia y omitir el uso del condón. Sin embargo, la tolerancia social respecto al consumo del alcohol hace que frecuentemente se le omita cuando se habla de drogas riesgosas vinculadas a la transmisión del VIH. Y a nadie se le ocurriría utilizar este argumento para impulsar su prohibición. La respuesta sensata, sin duda, es insistir en la información preventiva y en la creación de conciencia sobre las prácticas sexuales de riesgo bajo los efectos etílicos. Sin embargo, respecto a otras drogas la reacción social suele ser la estigmatización de los consumidores, lo que no contribuye en nada a reducir el riesgo asociado a su consumo.
El caso de las drogas inyectables es el más notorio. Es ampliamente conocido que los usuarios de estas drogas están muy expuestos al contagio del VIH por la utilización de jeringuillas contaminadas con la sangre de portadores del virus. Sin embargo, en México y en muchos otros países la reacción estatal y social frente a ello es voltear a mirar hacia otro lado. Ya que se trata de drogas prohibidas, todo lo relacionado con ellas es clandestino; los usuarios y adictos se vuelven invisibles ante el resto de la población, que los desaparece por decreto. Campañas y campañas sobre el uso del condón se repiten por todos lados, lo cual es muy bueno, pero el problema de las drogas inyectables simplemente se omite; no vaya a ser que se crea que se está haciendo apología de su consumo.
Esta es una muestra de la estulticia imperante en la estrategia adoptada mayoritariamente frente a las drogas: hay que meterlas a todas en el saco de la clandestinidad y pretender que con la prohibición se elimina su consumo. En los Estados Unidos, por ejemplo, está prohibida la compra de jeringuillas sin receta médica, lo que condena a los usuarios de drogas inyectables no sólo a las consecuencias terribles de su adicción sino también a la utilización de jeringas muy probablemente contaminadas. Tal vez los diseñadores de esta política pública pretenden acabar con la adicción a la heroína u otras drogas inyectables por medio del exterminio de sus usuarios.
En México no se ha llegado a ese extremo, más que nada porque el Estado no tiene ninguna convicción sobre la eficacia de una prohibición de ese tipo en un país donde las leyes frecuentemente tienen el mismo valor que el papel donde están escritas, pero ninguna campaña de prevención masiva se lleva a cabo al respecto. Tal vez algún folleto focalizado por aquí y por allá.
Cuando se trata de drogas, las campañas estatales suelen basarse más en el ocultamiento que en la información veraz y despojada de prejuicios. A los niños y jóvenes se les habla genéricamente sobre las maldades universales de cualquier consumo clandestino. Ninguna diferenciación ni explicación clara sobre los riesgos específicos. Y a los padres sólo se les recalca que el gobierno está comprometido en que la droga no llegue a sus hijos, lo cual sólo servirá, en el mediano y el largo plazos, para mostrar una vez más a la sociedad la enorme distancia que existe entre los dichos y los hechos de la acción gubernamental, pues por más esfuerzos aguerridos de los cuerpos de seguridad, mientras exista demanda habrá oferta de drogas. Hoy mismo, los anuncios reiterados son un mero engaño, pues las drogas son accesibles igual que siempre, acaso algo más caras, pero nada por encima de una inflación que repunta en todos los ámbitos, incluido el de los alimentos.
Cuando se habla de drogas extremadamente peligrosas, como la heroína, la política sensata debería ser la de reducción de riesgo. En algunos países europeos, por ejemplo, se ha logrado contener el aumento de contagios de VIH entre consumidores de drogas inyectables por medio de programas de intercambio de jeringuillas usadas por nuevas. Los consumidores pueden ir a centros auspiciados por los ayuntamientos o por los ministerios de salud sin temor a ser detenidos como delincuentes. Ahí también reciben información sobre tratamientos y programas de desintoxicación. En México, en cambio, los picaderos son lugares infectos donde sólo se puede descender cada vez más en el infierno de la marginación asociado a la adicción.
Durante la conferencia mundial sobre el VIH y el SIDA un grupo mexicano está tratando de llamar la atención sobre la necesidad de cambiar el enfoque mundial sobre las drogas. Se trata del Colectivo por una política integral hacia las drogas (CUPIHD). Con presentaciones de especialistas médicos y jurídicos y con un stand informativo en la llamada aldea global del encuentro, esta nueva organización no gubernamental pretende abrir una discusión necesaria para enfrentar la cuestión de las drogas como un asunto de salud pública y de educación y no como un tema delictivo. La política mundial respecto a las drogas está equivocada. Los efectos de este error dejan mucho más muertos en los países que el consumo mismo. Es hora de llamar al cambio.

1 comentarios:

JHT dijo...

Si, excelente. Información, responsabilidad, libertad.