
Por Jorge Javier Romero
Se sumaron voces autorizadas al coro. Al tono de contratenor del ministro Aguirre le siguieron las chirriantes voces del episcopado, encabezadas por la de ese dechado de inteligencia y sabiduría que es Norberto Rivera Carrera y rematadas por el bajo profundo, admonitorio, del ombudsman (creo que en realidad se trata del opusman) Soberanes. Todos a una a defender la vida desde la concepción, desde el momento mismo en que el alma es insuflada por la divinidad en la célula que un instante antes no era más que un espermatozoide y un óvulo separados.
El ministro Aguirre ya nos había recetado su fárrago donde demuestra que en efecto, como él mismo reconoce, su conocimiento de la concepción y el nacimiento es elemental. Y, como buen metafísico, afirma que es de sentido común e irrefutable el derecho a la vida desde la concepción sin limitaciones ni restricciones. Como buen dogmático, apoya su opinión en el juicio autorizado del Constituyente originario (quiero creer que se refiere al de 1917 y no a un autor de mayor jerarquía al cual le atribuya el diseño inteligente del sentido común).
Habría que recordarle al juez que el sentido común le hizo pensar a los seres humanos que era el Sol el que giraba en torno a la Tierra y que ésta era plana, para poner el ejemplo más vulgar a la mano. Y también sería bueno que recordara que la idea de la vida humana desde la concepción no es tan irrefutable, al grado de que ya en el siglo XIII, desde la misma especulación metafísica, Tomás de Aquino firmaba que el alma entraba al embrión masculino a los tres meses de gestación, mientras que tardaba un mes más en llegar a uno femenino.
En su indigesta ⎯por mal escrita, no por jurídica⎯ disquisición, el ministro considera que “debe concluirse que la protección constitucional del derecho a la vida del ser humano necesariamente tiene que comprender a ésta en su integridad, desde que se inicia el proceso continuo de su desarrollo y hasta su conclusión, esto es, desde la concepción y hasta la muerte y con independencia de las características individuales a que el proceso de desarrollo de la vida pueda dar lugar, dado que el Constituyente no establece restricciones o limitaciones a este derecho.”
¿De dónde saca el ministro que debe concluirse algo que la Constitución no establece. Ya vimos: no del conocimiento científico de nuestro tiempo ⎯mucho más amplio, por lo demás que el de hace casi un siglo, cuando se elaboró la Constitución⎯, no de las opiniones de biólogos o neurólogos; del sentido común. Vaya juez moderno que llegó a la Suprema Corte.
Claro, el arzobispo se echó su sermón y clamó por los más inocentes. El chocarrero ha dicho que la clerecía católica está en contra del aborto para no quedarse sin ninguna posible víctima de abuso por parte de los reprimidos sacerdotes. La opinión del clero no tendría ninguna relevancia, dado que es de sobra conocida la cantidad de cosas absurdas en las que cree y que quiere obligar a los demás a que las crean, si no fuera porque está echando mano de sus riquezas para mover sus redes de influencia basadas en la credulidad irracional de la gente, bastamente indoctrinada en la superchería pregonada por los curas.
Y la voz atronadora del defensor de los derechos humanos llegó para pregonar también la creencia. Para todos estos mamíferos machos de nuestra especie, las mujeres deben aceptar irremediablemente su destino de ser madres. El sentido común indica que su función es la de parir y parir. La única utilidad de su sexualidad es satisfacer a los varones y traer hijos al mundo. O si no, a ser dulces hermanitas de la caridad alejadas de lo terreno, porque a estos señores tampoco les gusta que se hable de anticonceptivos o de condones.
Encerrados en sus concepciones metafísicas, atrapados por sus creencias, quieren imponernos a todos los demás condenas basadas en prejuicios y en su ancestral ignorancia. Quieren que el estado defienda sus puntos de vista, no el bienestar colectivo desde una posición basada en el conocimiento, laica.
Que el señor Soberanes usa su puesto para promover sus creencias personales es tan evidente como la utilización del presupuesto de la CNDH para publicar libros de su cofradía de abogados por la libertad religiosa, disfraz de la nueva cruzada contra el laicismo. Si este señor está convencido del diseño inteligente y de la inmortalidad del alma, ¿por qué no le basta con vivir su vida de acuerdo a sus particulares preceptos morales? ¿Por qué insiste en hacernos pensar como él?
Ya es tiempo de que el pensamiento laico recupere fuste y desenmascare las engañifas de los creyentes ⎯reales o supuestos⎯ que insisten en imponer su cortedad de miras a una sociedad amplia y secular. Bien les haría a todos éstos señores seguir la recomendación que hacía aquí mismo el lunes Ricardo Becerra y ponerse a leer a Darwin, a ver si entienden algo.
2 comentarios:
Ni siquiera una derecha inteligente que arrope su orfandad de ideas con "argumentos".
No, en México padecemos una derecha inculta, analfabeta disfuncional... iba a escribir de tira cómica pero: ¿qué culpa tiene La Familia Burrón?.
Es el magnetófono en el vientre de una mujer con diez semanas de gestación para demostrarnos lo que ya sabíamos, es la falta absoluta de información, es el cinismo de saberse y querernos a todos en la oscuridad. Saludos.
Una de las mejores argumentaciones utilizadas por esos pseudojueces es la cuestión de la naturalidad de la vida. Muy bien. propongo que apenas se enfermen de algo, y más si es grave, se les niegue todo medicamento fabricado por la mano humana, toda vez que éstos no son naturales y por lo tanto atentan contra el cause natural de su vida. Los veremos partir más pronto y serán más felices. Nosotros también.
Publicar un comentario en la entrada