miércoles, 30 de julio de 2008

La Crónica de hoy: Entre la democracia directa y la pura propaganda




Por Jorge Javier Romero





No estoy a favor de la iniciativa presidencial sobre petróleo, falsamente llamada reforma energética. Creo que elude el problema real: la enorme dependencia que tiene la economía nacional respecto a PEMEX; además de anticonstitucional, me parece que da una salida falsa al pretender la asociación de riesgo, lo que distribuiría la renta petrolera nacional entre los socios de la empresa, en lugar de que sea la población mexicana la beneficiaria universal. Sin embargo, la famosa consulta del domingo no me convocó a votar.
En primer lugar, desde su organización tuvo un sesgo partidista, a pesar de que en la ciudad de México y en otros estados con gobierno perredista las autoridades destinaran recursos públicos a su organización sin que tuviera ningún asidero legal su intervención, pues la figura no existe en la Constitución y lo que aparece en las legislaciones locales es el referéndum, castellanizado referendo, es decir, ratificación. El referéndum se usa para poner a consideración de la ciudadanía soberana una ley ya votada por los representantes y es un recurso extraordinario en una democracia. Sin duda, un asunto como la reforma de PEMEX, una vez discutida y aprobada por los diputados y senadores, merecería ser sometido a referendo, pero el asunto requeriría de reformas constitucionales y leyes reglamentarias previas difíciles de imaginar en las condiciones actuales.
Un referendo implica una campaña política formal, con espacios en medos para los partidos y para las opiniones especializadas. Debe haber, como en cualquier elección, equidad para los distintos puntos de vista y disyuntivas bien formuladas. Debe estar también perfectamente claro quien tiene facultad para convocarlos ¿el presidente de la república? ¿El propio Congreso? ¿Una petición popular avalada con determinado número de firmas? La reglamentación también debe incluir con precisión las materias propias de la consulta. Sin estos elementos el referendo en lugar de resolver problemas de gobernación los agravaría.
Es verdad que el referendo es un mecanismo práctico de democracia directa, utilizable, insisto, en casos contados. En cambio, las consultas como las convocadas antes por Andrés Manuel López Obrador o en esta ocasión por Marcelo Ebrard son meras simulaciones demagógicas, pura propaganda partidista. Carecen de rigor en su convocatoria, de certeza en su celebración y suelen atraer sólo a los convencidos, a los militantes y a las redes de reciprocidad clientelista. Y sus efectos son igualmente parciales: legitiman determinada posición entre los ya convencidos, pero no influyen en los escépticos. En este caso, además implicó un gasto ingente de recursos públicos para un objetivo claramente parcial.
Lo que se vio el domingo fue la movilización perredista con alguna repercusión entre los votantes más leales del PRD. De alguna manera fue el voto duro de ese partido, con pocas excepciones, la que acudió a las urnas. Y no sorprendió por su volumen. Si las redes perredistas de tierra y la propaganda partidista y oficial para llamar a votar sólo llevaron a las urnas a algo más de ochocientos mil votantes en la ciudad de México y otro tanto en el resto del país, algo anda muy mal en ese partido y su convocatoria electoral cuando su gran causa logró un apoyo tan magro en las urnas.
¿Qué queda del apoyo electoral que concitó Andrés Manuel López Obrador hace apenas dos años? El reto planteado al gobierno de Calderón y de sus iniciativas se disolvió en un fracaso político. La mayor parte de los votantes del 2006 se mostraron indiferentes y no siguieron el llamado del caudillo que los instó a participar.
Hace unos meses los perredistas se aventuraron a una toma de tribunas porque creían traer detrás a la mayoría nacional. Eran los líderes de la oposición a cualquier forma de privatización de PEMEX. Hoy han perdido la iniciativa, pues no sólo fracasaron en provocar una movilización de masas por la causa petrolera sino que incluso fueron rebasados por el PRI, que se ha adelantado a presentar una iniciativa opuesta a la del ejecutivo y que recoge las objeciones del PRD.
Es increíble la manera en la que la izquierda mexicana dilapida su capital político. Sin duda la estrategia de López Obrador de radicalizar su postura contra el gobierno de Calderón echó a los panistas en brazos del PRI en el Congreso. En lugar de consolidar su posición como segunda fuerza y avanzar en una agenda concreta de reformas, apostó todo a su arrastre personal y dejó que fuera el PRI quien definiera la agenda pública. Contribuyó a la restauración en buena medida por carecer de objetivos que fueran más allá de su propia llegada a la presidencia de la República.
Las elecciones del próximo año están a la vuelta de la esquina y al fracaso de López Obrador en la convocatoria a la consulta se suma la brutal crisis interna del PRD, que lo ha dejado maltrecho, convertido en una patente electoral sin rumbo, una bolsa en litigio, una estructura que no se acaba de romper porque no hay muchas perspectivas para ninguna de las partes fuera del manto de esa sigla. El panorama no es nada halagüeño para una izquierda que, además, se ha quedado sin alternativa.

2 comentarios:

Row dijo...

Hola Jorge Javier. Pues pasando por aquí a conocer tu blog, interesante tu postura y tu izquierdismo sensato. Recibe un abrazo y felicitaciones de Rowena Bali

Paul dijo...

Hola Jorge no estoy de acuerdo en que las consultas sólo convoquen a militantes y acarreados; es cierto que se dio esta práctica (sobre todo la última que resulta repugnante) pero también hubo quienes a propio pie fueron a las casillas convencidos que era necesario hacerlo y tan fue así que votaron otros en contra, es decir, dieron el NO rotundo. Lo rescatable de estos ejercicios es incidir en la participación ciudadana a pesar que esta consulta haya sido partidaria. Eso debemos celebrarlo indudablemente. saludos.