
Por Jorge Javier Romero
Dos auténticos eventos ⎯en el sentido original de la palabra y no en el manido que vuelve eventual, contingente, cualquier acto, por más planeado que este sea⎯ me han dejado boquiabierto en los últimos días. Y mi pasmo no es de agrado, sino de terror ante un Estado tan ineficiente como el mexicano.
Los dos tienen que ver con las fuerzas del orden en acción en terrenos distintos al que las absorbe hasta el tuétano, al grado de dejar en el abandono toda otra tarea policíaca y de fiscalía en el país. En México se puede asesinar, robar, asaltar, violar con impunidad. No se previenen y sobre todo no se investigan los delitos. México tiene concentrados a sus servicios de inteligencia policial en la guerra interminable contra el narcotráfico, mientras el resto de la seguridad pública languidece y la impunidad campea sin control. Y cuando tienen que actuar las policías lo hacen con torpeza, sin ton no son.
El primer caso es de los cubanos secuestrados cuando eran trasladados por agentes federales de migración. La existencia de grupos como los Zetas, ubicuos en la explicación de las autoridades cuando ocurre un hecho de violencia que se equipara o supera a la fuerza estatal, no sólo nos mostró la debilidad del Estado frente a la acción de grupos mejor armados y entrenados que los policías mexicanos, sino destapó la cloaca del tráfico de cubanos a través del territorio mexicano que, o bien tiene la complicidad de autoridades estatales de diverso orden y nivel, o exhibe a una inteligencia estatal inepta y desbordada, que no se entera de nada de lo que ocurre en el país.
Resulta que después de ocurrido el hecho, tuvo que ser el gobierno cubano, sus servicios de inteligencia, los que nos informaron a todos ⎯a la gente y al parecer al gobierno⎯ que operaba desde hace tiempo una red importante de tráfico de cubanos a través del territorio nacional. Y después nos enteramos de que la acción armada concluyó su operación sana y salva poniendo heroicamente a una parte de los cubanos secuestrados en territorio de los Estados Unidos. La trama da para novela y para película. Pero en la realidad espeluzna el saber que el Estado es impotente frente a un caso como este, donde se demuestra la existencia de redes impunes de tráfico de personas. ¿O será que ya se tomó partido en México por los luchadores por la libertad cubanos y que se les dio paso franco en este caso como resultado de una toma de posición política? En todo caso, hay mucho qué saber en torno a este asunto.
El otro asunto es mucho más doloroso porque implicó la muerte de 9 adolescentes y de tres policías. Y porque la explicación es mucho más simple: pura estupidez, ineptitud, falta de formación y capacitación técnica de los policías. Un grupo operativo que actúa al mando de un señor que carece de cualquier formación en acción policíaca y en protección civil. No usaron armas, pero cerraron el paso a la única salida causando la tragedia que mató incluso a los policías que mantenían el cierre. Los policías crearon su propia trampa mortal.
Por supuesto que antes están quienes autorizaban la existencia de un local sin salidas de emergencia, cosa que se repite en todas las tragedias de este tipo: o no hay salidas o están atrancadas. Pero eso lo debieron de saber los policías que planearon la toma, aunque me suena a que ni plano del local tenían y por supuesto no habían hecho inspecciones previas para saber cómo actuar. Carecen de detectives que colecten información para diseñar con eficiencia los operativos, por lo que tienen que hacer las cosas de improviso, tanto para los sospechosos como para ellos mismos.
Pero la ineptitud de la terrible jornada no para en los policías que metieron las patas, sino que abarca a los servicios de emergencia, a los juzgados cívicos, a los agentes del ministerio público y a los centros de detención. Fue una noche de los horrores para los muchachos detenidos y sus familias. Hubo vejaciones a las chicas, golpes a menores, maltratos injustificados. Una reacción histérica de una autoridad sobrepasada y que mostró su incomprensión e intolerancia con la juventud. Una actitud ideológica y política compartida colectivamente por quienes deben de brindar protección y garantías, no humillar y lastimar.
Y sobre la tragedia la sombra de la falta de capacitación técnica, la improvisación de unos agentes de un Estado ineficaz a la hora de usar su ventaja competitiva en la violencia al servicio de una comunidad. Unas policías y unas procuradurías que no corresponden con los de una sociedad de derechos y garantías sino con los de un Estado arbitrario. Ahí está la herencia del régimen del PRI que la democracia no ha sido capaz de superar.
Y frente a este problema, los legisladores fueron incapaces de hacer una reforma seria. A ver qué tal funcionan su juicios orales, que en principio son correctos. Pero no emprendieron una reforma democrática del ministerio público ni fueron más allá en una reforma judicial profunda. Eso sí, hicieron lo que quieren los Estados Unidos que hagan todos los demás estados: limitar la garantías individuales con las detenciones injustificadas por un plazo cómodo para la insuficiencia investigativa de las policías nacionales en la lucha contra sus molinos de viento: el narcotráfico y el terrorismo, temas que se podrían enfrentar de mucho mejor manera con una actitud estatal democrática que con acciones de fuerza que sólo complican mucho más las cosas.
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