miércoles, 2 de enero de 2008

Un balance del año ido

Al despertar de la resaca

Por: Jorge Javier Romero | Opinión
Miercoles 2 de Enero de 2008 | Hora de publicación: 00:33


Los ciclos astronómicos sirven simbólicamente a los humanos para hacer balances y recuentos. No porque el cambio de año traiga realmente novedades a la vida, pues no hay solución de continuidad entre lo que ocurrió hasta el 31 de diciembre y lo que comenzará a pasar a partir del 1 de enero, sino porque la percepción cronológica ordena la manera en la que evaluamos los hechos.
No somos nuevas personas al cambiar el año. Somos los mismos con la ilusión de un nuevo comienzo. Puro espejismo que se desvanece en cuanto comienzan a correr los días y las rutinas se reestablecen, después de un mes de disipación y fantasías, en buena medida marcadas por la avidez de los mercachifles decididos a quedarse con el poco dinero de más con el que contamos. Y lo hacen con éxito. Pero la semana próxima, cuando la actividad cotidiana se haya reestablecido, veremos a los políticos de siempre, con los mismos temas y las mismas mañas; nuestras vidas volverán a la rutina y nuestras esperanzas de comenzar el año con cambios sustantivos irán disolviéndose en la medida en que ni el ejercicio ni la dieta prometida se concreten, o que el prometido ahorro vuele a la primera oportunidad. Los años pasan, pero las personas y las sociedades cambian sólo marginalmente, de manera imperceptible con la mera vuelta en la página del calendario.
Así, la política del 2008 será la misma del periclitado 2007. Al despertar de la resaca decembrina tendremos a los mismos personajes continuando con lo que dejaron pendiente al comenzar las vacaciones. Si en el 2007, por ejemplo, anunciaron con solemnidad que en un año sacarían la gran reforma del Estado y con el transcurrir de los meses fueron demostrando su incapacidad para avanzar realmente en un nuevo diseño institucional para normar la vida pública del país, no será el nuevo ciclo astronómico el que los lleve a encontrar la sabiduría.
Sin embargo, el tiempo transcurre y simplemente por ese echo ocurren cosas. El 2007 comenzó con la promesa de un nuevo gobierno y una nueva legislatura con pretensiones. Y así vimos cómo, con enjundia movida por la ambición, el nuevo capítulo nos proponía nuevos protagonistas. Los del 2006 iban de salida: Fox y su acostumbrada tontería; López Obrador y su torpeza para evaluar sus ganancias y sus pérdidas. La movilización de protesta dejaba su lugar al acomodo de las ambiciones. Era la hora del nuevo Presidente y de los nuevos dirigentes políticos.
En el PRI la estrella ascendente era Manlio Fabio Beltrones, mientras escondida por los rincones, temerosa de que alguien la viera, Beatriz Paredes desaparecía de la escena después de haber ganado la dirección de su partido. ¿Quién oyó hablar de ella en el año que ha terminado? El PRD comenzaba a hacer cuentas con su ex candidato y los distintos grupos alineaban sus fuerzas para la batalla por la dirección, mientras el derrotado se llevaba su presidencia de opereta por el país, como reflejo espectral de su ambición frustrada. El PAN se sacudía a los adversarios de Calderón de su liderazgo, y entre los menores, Alternativa se enfrascaba en una triste guerra civil.
Pero no fue del todo estéril la vida política. En el Distrito Federal se construyeron los acuerdos necesarios para sacar dos leyes que amplían las libertades ciudadanas: la de sociedades de convivencia y la que legaliza la interrupción voluntaria del embarazo durante las doce primeras semanas de gestación La derecha se escandalizó y pataleó y tanto el gobierno como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos clamaron la inconstitucionalidad de la legislación del aborto y en este 2008 veremos cómo resuelve la Suprema Corte un asunto de la mayor trascendencia en la Construcción de un orden jurídico ajustado a nuestro tiempo, laico, sin prejuicios religiosos.
En el ámbito federal, la reforma de las pensiones de los burócratas fue celebrada por el gobierno y por los círculos del dinero como un gran paso modernizador, mientras la izquierda hacía un papel lamentable en la discusión. El PRD se mostró incapaz de proponer una reforma a la seguridad social que la integre, le quite sus lastres corporativos y la haga viable en el futuro, mientras Alternativa se sumaba a la cargada de la iniciativa impulsada por el PRI y el PAN, la cual seguía la solución fácil de las llamadas reformas estructurales del neoliberalismo de los años noventa del siglo pasado, una ruta necesaria cuando se considera intransitable el camino de la reforma fiscal.
Y se habló mucho de que ahora sí iba a venir la reforma fiscal aplazada desde hace más de medio siglo. Al final, el parto de los montes de un impuesto de compensación por las múltiples posibilidades que se mantienen para la elusión de impuestos por parte de las grandes empresas. Nada de reforma fiscal en serio, sólo un ajuste pequeño que enseguida fue protestado por los que hacen todo para no pagar impuestos y prefieren ver cómo se va deteriorando un Estado incapaz de cumplir sus funciones básicas por falta de recursos, en un país marcado por la desigualdad apabullante.
La Suprema Corte de Justicia mostró, con su fallo sobre la ley de medios, la importancia de su nuevo papel, adquirido desde que con las reformas de 1994 se le convirtió en un tribunal de constitucionalidad. En un país acostumbrado a una justicia de segunda, donde los jueces han jugado las más de las veces el triste papel de empleados del poder político, resulta muy novedoso que el debate judicial sea abierto, público y de fondo. Por supuesto los políticos tradicionales siguen sin entender la relevancia de la judicatura en la vida democrática de un país y desprecian la tarea jurisdiccional, como lo ha demostrado el PRD con su pretensión de sacar a Genaro Góngora de la Corte para llevarlo al IFE. Pero en el año que comienza vamos a ver nuevas discusiones de fondo en el tribunal supremo, como la que se dará en torno a la constitucionalidad de la legislación del aborto de la Ciudad de México. En los claroscuros propios de un órgano colegiado plural, donde conviven visiones diversas sobre la sociedad, quedó la mácula del fallo relativo a la investigación sobre la violación de las garantías constitucionales de Lydia Cacho por parte del gobernador de Puebla. He ahí una función que la Corte actual ha heredado de sus formas anteriores y que es necesario revisar.
Y la madre de todas las polémicas se abrió con la reforma electoral. Las empresas de medios electrónicos, que durante años clamaron por la reducción del dinero público a los partidos, pusieron el grito en el cielo cuando se dieron cuenta del negocio que perdían con la mejor fórmula para reducir el costo de la política: prohibiendo la compra de tiempos comerciales por parte de los partidos políticos. La reforma lo que hace es cambiar del modelo norteamericano de campaña, marcado por la libre competencia de mercado entre los políticos, a un modelo europeo, donde la difusión de los programas se hace en tiempos asignados equitativamente y sin posibilidades de compra por parte de los partidos o los candidatos. A varios intelectuales liberales les ha parecido que la reforma se extralimitó al prohibir también a los particulares expresar sus filias y fobias políticas en espacios pagados. Es verdad que la cuestión es difícil de resolver y que el nuevo código electoral tiene aspectos oscuros, de difícil puesta en práctica y que van a sobrecargar al IFE de responsabilidades sin darle los instrumentos para aplicar con eficacia la legislación. Y también es cierto que hay algo de recorte a la libertad d expresión, pero no deja de ser notable que se limite la capacidad del dinero, sobre todo de los grandes capitales, de influir en la política.
Pero la reforma también redujo la autonomía del IFE. Destituyó al Consejo General, con lo que dejó claro que son los partidos los que mandan en los procesos electorales y no un órgano de arbitraje autónomo. Creó la posibilidad de reelección del presidente del consejo, de manera que quien ahora encabece al órgano sabrá que si es dócil y bueno a lo mejor lo reeligen. Le puso un contralor nombrado por el Congreso, con lo que los consejeros tendrán que ir con pies de plomo si no quieren que su labor sea entorpecida por el comisario político que les estará vigilando. En fin, que el imaginario agravio del PRD contra el Consejo al que le atribuyeron el supuesto fraude fue bien aprovechado por el PRI para hacer cuentas con el diseño de 1996, incómodo para los operadores políticos tradicionales, tan acostumbrados a tener una organización electoral a modo durante las largas décadas de la época clásica del régimen de su monopolio.
Y el año se cerró con el sainete del frustrado nombramiento del nuevo Consejo General. Ahí quedó claro el poco afecto que le tienen los políticos mexicanos a la legalidad que ellos mismos crean. Se mueven mucho mejor en la comodidad del designio arbitrario, característica tradicional del orden estatal mexicano. Nada de ajustarse a las reglas, mejor la negociación permanente de la desobediencia.
Y durante todo el año vimos a la Presidencia de la República empeñada en administrar como mejor ha podido la decadencia, el deterioro de la vida pública. Sus fuerzas las ha concentrado en una guerra absurda y perdida y su gran logro parece ser la obtención de un fondo sustancioso de ayuda norteamericana para tirarlo en un combate mal enfocado. En lugar de buscar la forma de arrancarle de las manos el negocio a los criminales, la política de drogas impuesta por el imperio se empeña en derrotar militarmente a un enemigo que siempre encontrará relevos.
En fin, que hoy, cuando la vida recobre su ritmo y queden atrás las fiestas, veremos el mismo triste espectáculo de una política que no encuentra el rumbo, de una economía mediocre y tambaleante, demasiado dependiente de lo que ocurra en la potencia a la que estamos atados, de una sociedad que no resuelve sus contradicciones ancestrales. Seguiremos en México, aunque sea un nuevo año.